El valor de la sensibilidad

El valor de la sensibilidad

en un mundo hiperconectado

Una crónica a dos voces
por Olga Hom

 

Algunas tardes, cuando salgo de trabajar, tomo el metro para volver a casa. En el andén, la gente espera en silencio. Algunos miran el teléfono; otros mantienen la vista fija en el túnel oscuro por donde aparecerá el metro. El aire es denso, con ese olor metálico de los espacios subterráneos que siempre asocio con cierta melancolía.

Cuando el metro se acerca, primero se percibe el retumbar lejano de las vías. En ese momento, la gente empieza a moverse casi al mismo tiempo. Unos pasos hacia adelante, un poco más cerca de la línea amarilla. Las puertas se abren y todos se abalanzan, con prisas y poca consideración. En los rostros se dibuja una impaciencia contenida, como si todo fuera tarde. Yo suelo quedarme unos segundos atrás. Cuando entro en el vagón, me siento junto a una mujer mayor que suele ir al final. Tiene una mirada más cálida que la de los demás, casi maternal, y eso me tranquiliza. A mi alrededor, la mayoría vuelve enseguida a la pantalla. Pocos hablan. Todo ello me deja una sensación de extrañeza.

Hay personas con una mayor sensibilidad en el procesamiento de los estímulos sociales. Su cerebro capta los detalles del entorno con gran precisión: pequeños gestos, cambios sutiles en el tono de voz o tensiones que se dejan entrever en una mirada. Es una forma de percibir el mundo que se activa de manera automática

Para quienes tienen esta sensibilidad, la vida cotidiana adquiere una intensidad particular. El entorno social se percibe como una sucesión constante de señales: un silencio que se alarga un poco más de lo habitual, la carga de un espacio lleno de desconocidos o una postura corporal cerrada. Cuando el sistema nervioso recibe tantos estímulos a la vez, puede entrar en un estado de alta activación que, de forma paradójica, termina generando una distancia defensiva frente a los demás.

Llego a casa cuando ya ha oscurecido. La calle sigue concurrida, pero dentro del edificio todo queda en silencio. Al abrir la puerta del apartamento, me recibe ese silencio característico de los hogares donde vive una sola persona. Dejo las llaves sobre la mesa y enciendo las luces. Me gusta que el espacio quede lleno de luz.

Desde la ventana del salón observo los pisos de enfrente con las luces encendidas. En muchos, la luz azulada de las pantallas llena las estancias. Alguien cena mirando el móvil; otros cambian de canal sin prestar demasiada atención. La ciudad sigue conectada, activa, llena de mensajes que circulan a todas horas.

Nunca antes habíamos vivido en un entorno donde la comunicación fuera tan inmediata. Sin embargo, esta proximidad digital no ha resuelto un vacío que persiste: la soledad emocional. En el caso de las personas altamente sensibles, este sentimiento no responde a una falta de habilidades sociales, sino a la necesidad de una resonancia más profunda.

En el contexto actual, marcado por una atención fragmentada, encontrar esa profundidad se vuelve cada vez más difícil. Como forma de autoprotección, a menudo sin darse cuenta, muchas de estas personas tienden a retirarse parcialmente hacia su mundo interior. La alta sensibilidad no es una fragilidad. Es una capacidad perceptiva afinada, una manera distinta, quizá más consciente, de mantener el contacto con la realidad en un entorno que ha ido perdiendo la capacidad de mirarse a los ojos.

 Me tumbo en la cama unos minutos antes de las once. Una rendija de luz se cuela por la puerta y dibuja formas borrosas en el techo. Las sigo con la mirada hasta que los párpados pesan y el cuerpo se abandona.

Para mí, el día termina aquí.

Sin embargo, fuera la ciudad sigue en movimiento. El zumbido bajo de los motores, el asfalto, la sensación de que todo continúa sin pausa. Una vida que no se detiene, ajena al silencio de este vacío que ahora me envuelve.

 

Health & Life. Marzo de 2026